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Este trabajo pretende exponer la relación que hay entre el surgimiento de la fotografía (como prehistoria de los medios de masa) y el ensombrecimiento del mundo (muerte de Dios). Es sabido que uno de los rasgos característicos de la modernidad es la fugacidad, la fotografía surge como un intento de intentar preservar las cosas, de hacerlas durar. También expondremos la novedad histórica que supone la fotografía como una ampliación de la escritura visual; la fotografía permite alfabetizar la imagen. Nos es lícito afirmar que la imagen fotográfica está principalmente anudada por dos polos: Por un lado tendríamos el de la supersensibilidad que permite el dispositivo técnico, pero por otro lado tendríamos la experiencia social de un mundo que ha perdido su sustancia, intentando la fotografía fijar la sombra de las cosas en tanto en cuanto trata de rescatar aquello que irremediablemente se va a perder. Este hecho ha surgido en un momento histórico donde cada vez las cosas duran menos. Siguiendo a Bauman esto ha ocurrido en la era de la modernidad líquida. Así, podemos decir que sensibilidad y melancolía son los dos polos que atraviesan dialécticamente la imagen fotográfica.

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Este trabajo pretende reflexionar sobre la fotografía a partir de Walter Benjamin, más concretamente de sus textos: “Breve historia de la fotografía” y “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”. Intentaré mostrar que el nacimiento de la fotografía debe ser abordado de una manera filosófica para comprender el alcance de tal acontecimiento. 

Es sabido que la naturaleza que habla a la cámara es distinta a la que habla a los ojos; distinta porque en vez de un espacio dispuesto por el hombre de forma consciente, aparece un espacio tejido inconscientemente. Por ejemplo, normalmente no nos damos cuenta de los modos de andar o de gesticular en cada momento concreto, sin embargo la fotografía, nos permite descubrir ese inconsciente óptico del que nos habla Benjamin. Este inconsciente sólo lo descubrimos gracias a cierta potenciación, mediante recursos técnicos, de nuestros propios sentidos - igual que solo gracias al psicoanálisis encontramos el inconsciente pulsional, diría Freud-. Así aparece una nueva realidad desconocida al sujeto hasta entonces. 


Nos es lícito afirmar que la imagen fotográfica está principalmente anudada por dos polos: Por un lado tendríamos el de la supersensibilidad que permite el dispositivo técnico, pero por otro lado tendríamos la experiencia social de un mundo que ha perdido su sustancia, intentando la fotografía fijar la sombra de las cosas en tanto en cuanto trata de rescatar aquello que irremediablemente se va a perder. Este hecho ha surgido en un momento histórico donde cada vez las cosas duran menos. Siguiendo a Bauman esto ha ocurrido en la era de la modernidad líquida. Así, podemos decir que sensibilidad y melancolía son los dos polos que atraviesan dialécticamente la imagen fotográfica. 

A lo largo de la tradición hemos aprendido a leer las palabras a través de letras, ahora se nos pide leer la historia a través de rostros. Hay en la fotografía una cierta catolicidad de la historia entendida como imagen, ya que pone la foto una series de signos de manera inmediata, de modo similar a los jeroglíficos egipcios los cuales comparten la capacidad de formar un lenguaje por sí mismo, es decir de hacer coincidir significante y significado en la imagen misma. Lo lingüístico, y lo icónico coinciden en la imagen. 

August Sander como pionero de la fotografía se ciñe al rostro humano, en éste podemos leer la pertenencia a una cultura, a un oficio. Siendo el proyecto de Sander pionero en esta ampliación de la dimensión escritural. En sus fotos vemos desfilar todo tipo de personas, de objetos, de gestos. Vemos que en sus fotos no solo tiene importancia los rostros sino la tangibilidad de los objetos, los elementos culturales. Todo lo que contiene la imagen tiene que tener una dimensión lingüística, las ropas, los complementos...

Este lenguaje del cuerpo constituye un eje primordial en nuestra reflexión. Hay toda una fisonomía en las actitudes que vemos en los modelos, esto no quiere decir que el destino esté impreso en los rasgos como dicen las teorías raciales, como si hubiera en los rostros una predestinación, para Benjamin es justamente lo contrario. Lo que nos dice es que los rasgos ponen la presencia de un destino, pero un destino social, estos rasgos son las huellas del paso del tiempo. En los rostros se ven las expresiones repetidas por los sufrimientos, por las alegrías, que de alguna manera nos impone la sociedad, el orden cultural al que nos adscribimos. Todo el que quiera comprender una época le basta con que se fije en los rostros de una manera profunda. Todo el proyecto de August Sander va de este concepto de Huella, y esto lo estudia muy y mucho Walter Benjamin. 

Por lo tanto, vemos que este proyecto pivota sobre la idea de una fisionomía adquirida, donde lo importante es el contexto social, eso es lo que predetermina el carácter de los individuos. El destino transforma los rasgos, y ¿qué destino podría afectarnos más que el profesional?, y ¿dónde se puede constatar mejor que en los oficios? Donde van cada día las personas a vivir el mismo destino. La profesión impregna y transforma a todo aquel que la práctica, y gracias a la imagen, al cuerpo, a los gestos, los rasgos pueden hablar por sí mismos, en esto consiste la fotografía, en hacer que la realidad hable por sí misma. Para Benjamin las foto de Sander, muestran unas marcas físicas que se vuelven tan legibles como el cuerpo social que las ha producido, por eso se podría hablar del significado político de ciertas fotografías. Estas constituyen un atlas comparativo capaz de ofrecernos en un simple retrato toda una galería fisionómica. La fotografía pone por escrito lo que un determinado momento histórico se empeña en invisibilizar. Es decir, esta nos muestra (aunque sea de manera indirecta) las relaciones de producción, de dominación que tejen el entramado social. 

Por lo tanto vemos que lejos de elogiar las dotes artísticas del fotógrafo, Benjamín o Sander, promueven lo contrario, la habilidad para abandonarse a la lógica de la cámara. Para Sander la máquina nunca es un poder expresivo capaz de capturar expresiones espontáneas, esto no es lo que le interesa. No tan solo resulta artificioso lo que hace, sino que Sander parece actuar de una manera totalmente pasada de moda, donde el imperativo actual de la moda es lo bello, todos sus posados constituyen una manera de hacer fotografía donde se destaca un momento histórico, un contexto social. Todas las personas miran a cámara de manera deliberada, eso es lo que parece quitarle la naturalidad, pero justo ahí es donde pretende llegar, a que se enfrente el sujeto al objetivo, a lo objetivo, es decir a sí mismo y a lo social que lo circunda. Para Sander la verdadera naturaleza no se obtendrá de la muecas o de los gestos espontáneos, la verdadera naturaleza de la fotografía se encuentra en la capacidad para estar a la altura del momento histórico, y que las personas fotografiadas sean capaces de sostener con dignidad la mirada fija en el objetivo, siendo consciente de estar siendo fotografiado. Pareciera como si Sander nos dijese: si quieres alcanzar algún tipo de realidad examina la máscara (esta se convierte en sustancia casi). El buen fotógrafo es aquel que trata de capturar la máscara social. 

Benjamin valora mucho este tipo de escritura que tiene la fuerza de irrumpir como pura naturaleza. La premisa de Benjamin sería: no sometas el instrumento, la máquina fotográfica a la voluntad del sujeto, porque desde el momento que actuamos así, asimilamos la fotografía al arte, al sujeto creador, estamos convirtiendo la foto en pura creatividad, dejamos de hacer foto para volvernos creativos, no dejando hablar a la cosa. Lo que le interesa a la foto de la realidad es su propia piel. Es cazadora de instantes, la representación del tiempo que escapa, es esta dimensión la que tiene que ver con lo que llamamos el ensombrecimiento del mundo, y este es el mundo en el que vivimos hoy. Este afán de realidad que muestra esta necesidad de consumo de imágenes fotográficas sólo muestra nuestra incapacidad de disfrutar el momento, ya que estamos más empeñados en su rescate mediante la instantánea que en vivenciarlo. 

El problema no es la foto, es el mundo que se está construyendo. Mediante la intervención de la técnica se ha aislado la visión del resto de los sentidos, por obra y gracias de las transformaciones que introduce la tecnología en nuestros regímenes perceptivos, y esto tiene dos consecuencias de carácter opuesto: 

Por un lado hay una sobreexcitación muy relacionado con el exceso perceptivo que se apodera de nosotros, esta sobreexcitación hace que la imágenes queden como fragmentos flotantes en la nueva metrópolis, pero es que al mismo tiempo esta indeterminación perceptiva tiene una virtud y es que esta hace que el objeto percibido por la visión alcance una total labilidad, se ha tornado un objeto proteico que goza de una serie de correspondencias que la remiten a otros objetos. En la foto hay un sistema de correspondencias, y por eso tiene que intervenir la leyenda, el pie de foto, y esto para evitar la fuga de sentido. La imagen fotográfica es escritura, y como tal lleva implícita un sistema de correspondencias, por eso tiene en Benjamin la foto un elemento surrealista. Para él las correspondencias son necesarias, fundamentales. 

La imagen fotográfica por lo tanto es construida al ser un lenguaje. El fotógrafo debe limitarse a hacer lo que hace el arúspice, tiene que desollar la realidad, sacarle la piel a tiras, porque solo así la realidad se pone a hablar ella misma. Nos recuerda que la fotografía, implica un cambio histórico radical en los modos de percepción; es decir que la técnica modifica el mundo perceptivo. También nos recuerda en estos textos la dimensión escritural de la fotografía. Esta se despoja de toda forma de intromisión subjetiva, de toda autenticidad. Nos puede procurar una realidad que habla consigo misma.



Bibliografía: 

Benjamin, Walter: 

— Obras libro II/vol. 1, trad. Jorge Navarro Pérez, Abada, Madrid, 2007. 

Iluminaciones. trad. Jesús Aguirre, Roberto Blatt, Barcelona,Taurus, 2018.


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