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1. 1. Deleuze y el árbol. Devenir-animal.
Descontextualizado, Deleuze dice: “Estamos cansados del árbol. No debemos seguir creyendo en los árboles, en las raíces o en las raicillas, nos han hecho sufrir demasiado” (Deleuze, 1977: 20). Esta negación del árbol es una defensa de las estructuras rizomáticas que Deleuze y Guattari plantean como una oposición a la jerarquización arborescente. El rizoma se opone al Árbol de Porfirio en pro de una serie de discontinuidades y saltos entre lo heterogéneo. Una metodología del pensamiento que huya de la afectación subjetiva de uniones preestablecidas. El rizoma, en contra del árbol, es una acentralización, definido únicamente por una circulación de estados.
Esta circulación está marcada por el devenir, que se presenta como un cambio constante de estado. El devenir-animal que Deleuze y Guattari presentan en Mil Mesetas (1980) es una alteración del pensamiento ante todo aquello que no es humano. En el binomio animal-humano y animal-no-humano, la anomalía que lleva a uno a reconocer al otro se establece por una imitación. Sin embargo, si salimos de la estructura arborescente, para que ese reconocimiento sea efectivo, deberíamos alterar la imitación por una deformación, una anomalía en la que nunca se llegue a ser animal, sino un punto indefinido de coexistencia de estas dos identidades.
2. 2. Cuerpo-árbol
Jugando con esta lógica, y produciendo un tropo semántico, en la paradoja de un rizoma-arbóreo, ¿qué sucede en el devenir-árbol? Veamos algunos ejemplos:
Keiji Uematsu, desde hace más de cinco décadas, desarrolla una práctica que remarca la anomalía del espacio en relación a las fuerzas de la naturaleza para hacer aparecer la existencia de lo no-visible. En esta línea, Uematsu presenta la obra Tree/Man (1973). En esta pieza, el devenir-árbol de Uematsu no trata de imitar al árbol, sino de hacer reconocible las fuerzas que los separan de la percepción de cuerpo. La propia percepción de esas fuerzas pone en duda la relación de Uematsu y el árbol. Si el artista es tan árbol como la rama de la que cuelga, la metamorfosis responde al rizoma, pero si el artista es peso que la rama sujeta, tenemos un binomio físico, un árbol-arborescente. En este caso, como existe una referencia al estado anterior del árbol, podemos desconcentrarnos del devenir-árbol de Uematsu, y reconocer el devenir-gravedad que Uematsu ha provocado en el árbol.
Paralelamente, Fina Miralles, ese mismo año, 1973, también completaba su devenir-árbol en Dona-arbre (1973), casi una oposición binomial al Tree/Man de Uematsu. En esta serie de trabajos que se incluirían en una instalación en la que explora su devenir-árbol, Miralles se incluye en una paradoja de jerarquización divina del árbol en la que también encontramos las acciones en la dead tree area del desierto de Iowa de Ana Mendieta entre 1976 y 1977. Ambos proyectos diálogan sobre una jerarquización arborescente en la que el árbol, al poderse poseer, es un objeto determinado por sus frutos. Miralles es árbol, no en imitación a otro árbol, si no por un proceso mimético de somatización política de su cuerpo ante una estructura de jerarquización patriarcal sobre el sujeto-mujer inscrito el binomio de género heteronormativo.
Todo lo que tiene acceso al devenir es una anomalía que parece destacarse de una masa, de una multiplicidad: lo anómalo se aleja y da vida a lo que Deleuze y Guattari definen como deterritorialización. Citándo a Deleuze: “Las multiplicidades se definen por el afuera: por la línea abstracta, línea de fuga o de desterritorialización según la cual cambian de naturaleza al conectarse con otras” (Deleuze, 1977: 14).
El nido (1993) de Pepe Espaliú recurre a ese proceso de escaparse sin cesar que es la desterritorialización. Espaliú desarrolló esta acción durante ocho días en la que, cada día, caminando en círculos alrededor de un árbol sobre una estructura anclada a su tronco, se desprendía de una prenda tras cada vuelta hasta quedar desnudo. Es una de las últimas propuestas de Espaliú, quién moriría unos meses después por las complicaciones derivadas del SIDA. No hay ningún devenir-árbol en Espaliú, es un devenir constante ante el encuentro de uno mismo que al ser encontrado se descubre ausente. La paradoja de la circularidad. En este devenir-animal, Espaliú, para ser reconocible como una minoría, es decir una anomalía que toma distancia desde el plano de la norma, se sirve de su devenir-ausente, lo necesita para llegar a este punto medio donde no se reconoce ni el principio ni el fin. Un devenir-infinito.3
3. Árbol rizomático.
En estos ejemplos, el árbol se presenta en conjunción aditiva (Y…y…y…). Una conjunción tanto interior como exterior a sí misma. Un rizoma al que podemos sumar a Keith Arnatt, a Martine Franck y Agnes Vardá, a Joseph Beuys, a Harriet Feigenbaum, a Charles Ray, a Ben Zank, a Mikäel Raimbault… Una serie de reverberaciones del devenir-árbol como un estado en el que el cuerpo se sumerge como anomalía en el binomio de la vida animal y vegetal. La anomalía y la mímesis en la diferencia de pares que, en última instancia, nos conduciría a una interpretación posicionada de la vida que contamine lo heterogéneo.
Bibliografía:
Deleuze, G. (1977). Rizoma: Introducción. Editorial Pre-textos.
Deleuze, G. y Guattari, F. (1980). Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Editorial Pre-textos.
Parcerisas, P. (2007). Conceptualismo(s) poéticos, políticos y periféricos. Ediciones Akal.
Tiberghien, G. A. (2017). Notas sobre la cabaña. Editorial Biblioteca Nueva.
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