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En lugar de pensar qué
hace la música en nosotros, esta propuesta explora qué hacemos nosotros con la
música, ponderando así una perspectiva antropológica que nos sirva para acercarnos
a sus usos y funciones. Atendiendo al fenómeno musical como una “constelación
de mediaciones” (Georgina Born), y a la “musicalización” de la vida cotidiana
(Hartmut Rosa) como una característica particular de las sociedades actuales, aportaremos
algunas reflexiones sobre los modos de escucha como generadores de relaciones
particulares: escuchar nos permite reciclar nuestra resonancia con el mundo.
Al mismo tiempo, la
utilización masiva de sistemas digitales de comunicación y reproducción sonora,
ha producido una especie de artrosis de la vida cotidiana, especialmente
perceptible en el ejercicio del individualismo en los lugares de tránsito, de espera.
La proliferación de estos espacios tiene que ver con una transformación de las
experiencias y las trayectorias diarias mediada por nuevos dispositivos tecnológicos, como el uso de auriculares que, al
permitirnos transitar de la esfera pública a la privada, amplifican el derecho
a estar solos y distanciarnos del entorno-mundo, potenciando un tipo de
relaciones más visuales que verbales.
Pero esta multiplicación
de espacios anónimos responde también a las demandas de un mundo acelerado. No
existe prácticamente ámbito de la vida cotidiana, de las relaciones sociales,
las comunicaciones, la tecnología o la producción, que no se vea afectado o
sometido a una aceleración. Las sociedades se aceleran y aumentan en la vida
diaria los “tiempos de espera”, que constituyen un fenómeno definitorio de la modernidad.
Cuando esperamos, hacemos tiempo, no espacio. El espacio de esa espera remite a
ese “no-lugar” en el que “hacemos” ese tiempo, donde la escucha se ve en cierto
modo desterrada a los intersticios del verbo, entre una acción ya efectuada y
otra que está por hacerse.
Lejos de suprimirlo, como señala Levi-Strauss en Lo crudo y lo cocido, la música recicla el tiempo, desplegándose mayoritariamente en escenarios virtuales, las pantallas de acceso a redes y sistemas de reproducción. Como afirma Augé: “Lo que es nuevo no es que el mundo no tenga, o tenga poco, o menos sentido, sino que experimentemos explícita e intensamente la necesidad cotidiana de darle alguno” (Augé, 2017, 35-36). La sobreexposición al fenómeno musical actúa entonces como catalizador de esa necesidad cotidiana y a la vez histórica y metafórica. La música conforma así un no-lugar que actúa como lugar común, principio de sentido que influye decisivamente en cómo percibimos el tiempo.
Bibliografía
básica
Augé, Marc. Los «no lugares». Una antropología de la
sobremodernidad. Traducción de Margarita Mizraji, Barcelona, Gedisa, 2017.
Kramer, Jonathan D.
(ed.). Time in Contemporary Musical
Thought, Contemporary Music Review, Volume 7, Part 2, 1993.
Rosa, Hartmut. Alienación y aceleración. Hacia una teoría
crítica de la temporalidad en la modernidad tardía. Traducido por el
CEIICH-UNAM, revisión y notas de Estefanía Dávila y Maya Aguiluz Ibargüen,
Buenos Aires, Katz Editores, 2016.
Sennet, Richard. Construir y habitar. Ética para la ciudad.
Traducción de Marco Aurelio Galmarini, Barcelona, Anagrama, 2019.
Wajcman, Judy. Esclavos del tiempo. Vidas aceleradas en la
era del capitalismo digital. Traducción de Francisco J. Ramos Mena,
Barcelona, Paidós, 2017.
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